Y así tal vez, dejaremos de hablar de racismo

De un día a otro, George Floyd se convirtió en un nombre común. Su historia despertó en buena parte de la población mundial, la tristeza, el dolor y la ira, el avivamiento de las llagas abiertas de una herida que aún hoy en día padece la humanidad y se llama: racismo.


El mundo ha visto a un hombre de color asumir la presidencia de la primera potencia del mundo, el boom en la industria musical de hombres y mujeres de raza negra llenos de talento; muchos escuchamos a un actor de primera línea como Morgan Freeman decir que para acabar con el racismo había que dejar de hablar de él, pero George Floyd murió ahogado por la intransigencia de un oficial de policía, que probadamente odiaba a los afroamericanos.

Otro que se pronunció fue el actor Will Smith, quien dijo, palabras más, palabras menos: “el racismo no ha desparecido en Hollywood, está en el ADN de los americanos... la única diferencia es que ahora es más fácil que se pueda filmar”. Y entre ideas de este tipo, las redes se enfrentan a un debate que parecía terminado o al menos dormido en el norte de América.

¿Qué nos queda sobre esto en Venezuela y América Latina? Más allá de opinar sobre las razones culturales y sociales que llevan a una sociedad como la estadounidense a enfrentar un momento como este, es la oportunidad de preguntarnos: ¿qué tan racistas podemos ser, o no, en nuestro comportamiento y forma de pensar? Personalmente soy de los que cree que el racismo está presente en nuestro país y aunque no sea extremo, quizás sea esta la ocasión para debatir sobre esto.

Pero el racismo según el Diccionario de la Real Academia Española, es la: “Exacerbación del sentido racial de un grupo étnico que suele motivar la discriminación o persecución de otro u otros con los que convive”. Entonces este concepto se puede trasladar no solo a la discriminación de blancos hacía negros, puede darse también de negros hacia blancos, o de cualquiera de ambos hacia asiáticos y viceversa, solo por poner algunos ejemplos.

Quizás esta trágica historia que marcó el final de la vida de George Floyd, pueda servir para una nueva revisión de la humanidad, para cuestionarnos de qué manera asesinamos mental o físicamente las ideas u oportunidades de los que son distintos a nosotros. Pero también es una posibilidad, para ponerle el foco, la luz y la atención, a las acciones edificantes de aquellos que siendo distintos a nosotros, están aportando cosas maravillosas a la humanidad.

Y así tal vez, dejaremos de hablar de racismo y empezaremos a hablar de una raza humana brillante y valiosa, por sus diferencias, por su diversidad.