No lo llame esperanza

Nuestra esperanza ha sufrido tantos golpes, por años, una y otra vez, que por un momento nos costó explicar de dónde venía, en qué se basaba. Sobre Venezuela especialmente, muchos de los que aún habitamos estas tierras recibimos frecuentemente la pregunta: ¿sigues sintiendo esperanza? Y las respuestas son tan variadas, como variadas son las visiones de quienes la responden.


En mi caso, la respuesta es muy sencilla: llegué a un punto en el que no sé si tengo esperanzas, pero lo que si tengo es ganas. Soy optimista como un acto de rebeldía y también por terco. Me gusta más decir que soy optimista a que siento esperanza, porque la esperanza me suena a un sentimiento más pasivo, que el optimismo activo que se empodera de las circunstancias.

Por poner tan sólo un ejemplo reciente, después de la ola de protestas que en 2017 vivió Venezuela y que dejaron un gran sinsabor, muchos de nosotros sentimos desesperanza. Pero luego con el pasar del tiempo han ocurrido otros hechos noticiosos que despiertan nuestra esperanza y nuestro interés, aunque en otros momentos pueda volver a decaer. Y es que quizás el problema es que esta se sustente en hechos y situaciones que directamente no dependen de nosotros como individuos.

Según el diccionario de la Real Academia Española, la esperanza es: un estado de ánimo en el cual se nos presenta como posible lo que deseamos. Pero al final es una condición mental marcada por nuestra visión de futuro, no necesariamente atada a lo que podemos ser o hacer aquí y ahora, en tiempo presente.

La esperanza no se pregunta: ¿qué estoy haciendo yo para contribuir con aquello que creo que está mal? Y ¿cómo puedo ser parte de una solución? Simplemente espera que “algo suceda”.

Cómo venezolanos, sabemos lo difícil que ha sido y aún no termina. Tanto que cuesta imaginar, cómo sería ese momento en que la pregunta: ¿sigues esperanzado con el país? No tenga que hacerse, porque la respuesta sea tan obvia, que retumbe. Independientemente de la respuesta que cada uno tenga sobre esa pregunta, solo el tiempo dirá cómo nos saldrá y cualquier resultado responde al proceso de cada quien y es válido. Pero quizás una forma de tomar decisiones, más allá de nuestra fluctuante esperanza, esté más asociada a conectar con el poder personal, allí donde reside el optimismo tan vital para la supervivencia.

No arrepentirme de haberme quedado en la sumisión y la desesperanza, es algo que me pido para el futuro. Jamás cambiaría el privilegio de haber vivido esto en primera fila, para poder contarle a las futuras generaciones lo que hicimos no solo para mantener encendido nuestro optimismo, cuando nadie creía que había razones para sentir esperanza, sino también para tomar acción y hacer algo con eso.