El grito de los inconformes

Hay muchas maneras de resignarse. Lo hace el que se adapta al status quo, el que no se preocupa por saber si hay algo mejor, el que no aspira algo más allá que lo que siempre ha tenido, el que dice "esto es lo que hay". Lo hace también el que abandona, el que dice "esto se lo llevó quien lo trajo", el que resiente una situación, pero no mueve ni un dedo para cambiarla o mejorarla y se refugia en la queja. Son formas de vida por las que algunos optan. Las entiendo, pero no las admiro.


Admiro las voluntades inquebrantables, la certeza en el poder personal, la pequeña y única luz que resplandece en un agujero negro, para iluminar, por lo menos, aquello que está a su alrededor, e inspirar a otros a encender su luz. Admiro a los que caminan, a nuestras madres y abuelas madrugadoras, a los emprendedores que no miran para los lados, que construyen, que le apuestan todo a su trabajo, a su país y que frente a la desesperanza, ejercen sus derechos y toman responsabilidad. Admiro al hombre que se afeita y a la mujer que usa lapiz labial, aún en medio de una guerra, con su visión de futuro y dignidad intactas.

La tolerancia es, sin duda, uno de esos valores fundamentales que los seres humanos estamos llamados a ejercitar y fortalecer. Los últimos años, así lo han demostrado. Estamos llamados a tolerar y si vamos más allá, a respetar y reconocer las diferencias de pensamiento que conforman nuestra sociedad mundial. Sin embargo -y esto es algo que no decimos mucho-, es necesario dejar de confundir la tolerancia con la "alcahuetería", la tolerancia como una forma de resignación, lo que dicho de otra manera, significa aceptar y acostumbrarse a aquellas cosas que sabemos que están mal. 

Dar por sentado que los motorizados transiten por las aceras, que el conductor se coma el semáforo, que los políticos mientan, que los peatones se lancen a la calle sin su luz, que la basura nadie la pone en su lugar, que haya funcionarios públicos haciendo negocios truculentos, que las personas culpemos de eso "al país" o "al sistema", que "las cosas son así" y no podemos hacer nada para cambiarlas, nos convierte en personas resignadas, nos convierte en parte del problema. 

Solo por un día, propongo que practiquemos la NO tolerancia al conformismo y a la idea de que nada puede ser distinto. Practiquemos ser  irresponsable optimistas sobre la posibilidad de cambiar realmente, empezando individualmente siendo incorruptibles, caminando por la calle del medio, no quedándonos con lo que ya existe, comprendiendo que merecemos algo mejor, en la medida en que cada uno, desde lo individual, seamos mejores.

A veces el silencio de los resignados hace mucho ruido. Propongo ser escandalosamente inconformes.