¿Cómo juzgas y te diré quién eres?


Por: Brirkellia Álvarez // @BalvarezF1 - Juzgar es una acción inherente a nuestra condición humana, forma parte de la capacidad que tenemos para percibir e incorporar los hechos del medio ambiente con nuestra realidad. Comprendemos el mundo en el que vivimos de acuerdo a nuestra forma de juzgar, pues...

... según los lentes que utilicemos para describir lo que nos rodea y sucede, podremos calificar como afortunado o desafortunado el camino que nos corresponde transitar. Si permanentemente juzgamos como complejo, duro o difícil las relaciones que mantenemos, el trabajo que ocupamos, las responsabilidades que asumimos, etc., el acercamiento que tendremos a cada una de esas actividades estará imantado de pesadumbre, hastío o desgano. 

Ahora bien, si hacemos el ejercicio de encontrar posibilidades dentro del entorno que recorremos, buscando los aspectos positivos y juzgando con ese énfasis, seguramente, la percepción y el sentir cambiarán diametralmente. No se trata de engañarnos frente a lo que nos sucede o dejar de mirar aquello que consideramos nos puede afectar en un momento dado, se trata de observar con agudeza para explorar aquella luz que se encuentra oculta en esa fachada aparentemente oscura que describimos. Nunca podremos dejar de juzgar, pero si está en nuestras posibilidades cambiar la manera en que lo hacemos. 

Si transformamos un juicio que está próximo a lo negativo, por ejemplo: “el día amaneció muy gris con esta lluvia que complicará el tráfico” y lo sustituimos con otra expresión: “la lluvia de este día hará que las plantas y los arboles crezcan y se embellezcan y así podremos respirar un aíre más puro”, estaremos abriendo otras opciones que nos permitan cambiar el foco de nuestra atención, pasaremos de la queja a la gratitud. 

Ciertamente, cada quien tiene una historia familiar, creencias, sensaciones, un modo de ver el mundo, que se revela indudablemente en la manera de juzgar. Por ello, cuando emitimos un juicio no estamos hablando del sujeto o del hecho en cuestión, estamos hablando de nosotros mismos. Nuestros comentarios negativos o destructivos no describen al otro, ellos apuntan hacía nuestra propia negatividad, expresan la energía que impregna los pensamientos y la emocionalidad que albergamos dentro de nosotros mismos, de tal manera que algo será bueno o malo dependiendo del individuo que lo observa.

Si nos detenemos y observamos cómo son nuestros juicios de la realidad y qué calificativos le colocamos a los procesos de la vida, tendremos una mayor capacidad para observar desde qué espectro estamos enfocando nuestra atención, qué le añadimos y cómo podemos cambiar. La apuesta debe ser encontrar las fórmulas, aunque muy sutiles e individuales, de ver oportunidades en espacios que otros perciben desde las carencias. Definitivamente, las cosas no son como creemos que son, las cosas son en el fondo como somos nosotros.